Sólo nos quedaba el edificio más llamativo de todos: la casa del conde. En el exterior ya había señales de lo que fue en su día.
Y por fin, el interior.
Así terminamos esta exploración. La historia del lugar era sorprendente y algo trágica porque nunca llegó a ser lo que tenía que ser, y en la actualidad también es triste que unos edificios singulares como el teatro o el palacio hoy estén sin esperanza de recuperarse. Pero ya son muchos viajes, muchas exploraciones, y si hay algo que es inevitable es el paso del tiempo. Nada dura para siempre.
Puedes encontrar la primera parte de nuestro reportaje aquí.






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